9 de marzo 2026
El fin del puesto de trabajo tal como lo conocemos
Durante décadas las empresas se organizaron sobre la base del concepto de "puesto". Hoy empieza a aparecer otra lógica: el foco ya no es el puesto, sino la capacidad para abordar un desafÃo.
Durante más de un siglo, el puesto de trabajo fue la pieza básica del diseño organizacional. Cada persona ocupaba un lugar dentro del organigrama, con responsabilidades relativamente estables y un conjunto claro de tareas.
Ese modelo permitió construir organizaciones complejas y gestionarlas en forma ordenada. Las empresas crecían agregando posiciones, y el organigrama se convertía en el mapa principal para entender cómo funcionaba la organización.
Durante años, este sistema funcionó extraordinariamente bien. Pero el contexto para el que fue pensado cambió.
Las organizaciones hoy transitan transformaciones tecnológicas permanentes, los mercados son cada vez más dinámicos, los colaboradores rotan más y las problemáticas empresariales rara vez pertenecen a un solo área de incumbencia. Cada vez es más frecuente que las iniciativas relevantes de una compañía requieran conocimientos específicos que no siempre están alocados dentro de un puesto tradicional.
Ahí empieza a aparecer una tensión y también una oportunidad.
Durante mucho tiempo, cuando surgía una nueva necesidad, la respuesta era clara: crear un puesto y buscar a alguien que lo ocupara. El organigrama crecía agregando nuevos casilleros.
Hoy muchas organizaciones empiezan a partir de otra pregunta.
De los puestos a las capacidades
En lugar de preguntarse primero qué rol necesitan crear, los líderes empiezan a preguntarse qué capacidades necesitan activar para resolver un desafío.
La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia profundamente la forma de pensar el trabajo.
Un puesto suele suponer estabilidad: responsabilidades que se repiten en el tiempo. Una capacidad, en cambio, está vinculada a un problema que necesita resolverse. Puede requerirse durante meses, durante un proyecto o incluso durante algunos momentos críticos de una transformación organizacional.
Cuando las empresas empiezan a pensar de esta manera, el organigrama deja de ser el único punto de partida para diseñar equipos.
Las organizaciones siguen teniendo estructuras estables, pero alrededor de ellas comienzan a movilizar combinaciones más flexibles de talento que aportan capacidades específicas en el momento en que se necesitan.
Un ejemplo puede verse en muchas iniciativas de transformación tecnológica. Cuando una empresa decide modernizar una plataforma, desarrollar capacidades de análisis de datos o transformar procesos críticos, rara vez alcanza con los roles tradicionales del organigrama. En esos momentos suelen activarse diferentes especialistas, con dedicación plena o no, que aportan conocimiento específico mientras dura la iniciativa. Lo que organiza el trabajo, en ese caso, no es un puesto permanente sino la capacidad necesaria para resolver un desafío concreto.
El nuevo mapa de las organizaciones
Este cambio no significa que la lógica de puestos desaparecerá. Muchas funciones seguirán requiriendo continuidad, conocimiento acumulado y pertenencia organizacional.
Lo que empieza a cambiar es su centralidad.
Durante gran parte del siglo XX, el organigrama era prácticamente el único mapa posible de una organización. Si alguien quería entender cómo funcionaba una empresa, bastaba con mirar sus posiciones y jerarquías para lograr una fuerte impresión.
Hoy ese mapa empieza a convivir con otro.
Uno donde lo relevante no es solamente quién ocupa cada posición, sino qué capacidades están disponibles y cómo se combinan para resolver problemas complejos.
Este segundo mapa suele ser mucho más dinámico. Las capacidades se activan, se combinan y se reorganizan a medida que evolucionan los desafíos del negocio.
Liderar en organizaciones basadas en capacidades
Este desplazamiento también transforma el rol del liderazgo.
Antes, dirigir personas significaba principalmente gestionar posiciones dentro de una estructura relativamente estable. Hoy, en muchos contextos, el desafío es distinto: diseñar equipos capaces de movilizar conocimientos diversos y alinearlos alrededor de un objetivo común.
La pregunta organizacional empieza a cambiar.
Ya no se trata únicamente de quién ocupa cada puesto, sino de cómo se activan las capacidades necesarias para que las cosas sucedan, con colaboradores propios y/o provistos por otras organizaciones.
El puesto de trabajo no desaparecerá. Pero su lugar como unidad casi exclusiva para organizar el trabajo comienza a diluirse en un contexto de organizaciones cada vez más líquidas.
A medida que los desafíos empresariales se vuelven más complejos, las organizaciones empiezan a descubrir que su verdadera ventaja competitiva no reside únicamente en el talento que tienen a disposición, sino en su capacidad para movilizar las capacidades correctas en el momento adecuado.
Y cuando eso ocurre, el organigrama deja de ser una fotografía fija.
Empieza a parecerse más a un sistema vivo que combina posiciones estables con capacidades que se activan allí donde el negocio las necesita.